sábado, 24 de diciembre de 2011

Dust to dust


Un paso, dos pasos, tres, cuatro, cinco; Bajo la mirada y miro mis empolvados y magullados pies que me han llevado a lo largo de este periplo. Seis pasos, siete, ocho; Siento bajo ellos como la planta se deforma al paso por las piedras, como se humedecen en contacto con el agua y como reconfortados corren por la hierba; nueve, diez...

No recuerdo cuantas veces la luz de las estrellas se ha posado sobre mi piel, tan solo recuerdo… ¿Qué recuerdo?

Esta es mi historia. La de un niño que preguntó, la de un joven que pensó, la de un hombre que luchó. En la tierra de nadie, en el mundo de todos nací.

“Crecí entre olas blancas que nos daban cobijo”.

Una vez pregunté ¿quién era, que hacía allí? El viento soplaba y sus secas caricias fueron la respuesta. Algunos dicen que el silencio no se escucha, no se oye, no se siente, que es un rincón de paz, de sueño, y yo les diré: es el murmullo de las almas, aquellas  que no tuvieron agallas para responder, es la voz de la tristeza encarcelada entre blancas ropas que esperan acabar, son los gritos reprimidos de la desesperanza, la sonrisa del triunfo de aquellos que lo han provocado. El me encontró y lo abracé como a un amigo, quería aprender de él, superar el miedo, encontrarme. Por eso me muevo.

Llevo caminando desde que tengo conciencia, desde entonces he visto, escuchado, y sentido todo aquello que me ha creado. Me siento como un extraño en unos parajes que me he dispuesto a atravesar y de los cuales sé bien poco, pero que despiertan la curiosidad que me mueve. Mis piernas hostigadas por un interés, que no puedo comprender, generado por la química de mi cerebro, corren cual ser desesperado en busca de cobijo. Un resguardo que solo la sensación de satisfacción puede proporcionar. ¿Peró que me satisface? ¿Que es lo que pretendo encontrar?

“Mis ojos se pierden en la riqueza de lo que ven, entre la pobreza de lo que miran”.

Entonces caigo y mis manos se apoyaron en el único testigo imperturbable de nuestra historia, la tierra. Vidas y anteriores historias disgregadas por lo elementos o fuegos que escapan del interior de nuestro mundo, que bajo el efecto de los elementos han dibujado los campos, formado las montañas y dejado paso a los ríos, todos impasibles a los cambios que mi especie definía.

Y que no es sino la tierra, el lugar donde el hombre ha dejado prueba de su existencia. Todo lo que pisamos se ha convertido en testimonio de los recuerdos de cientos de personas, sus vidas, sus sentimientos, sus ilusiones, su ausencia, los sueños que nunca llegaron a realizar, las decepciones, los engaños, los amores y las guerras que envenenaron sus vidas… Todo esto esta aquí, bajo nuestros pies atrapado para siempre. Muerte y Vida.

Entonces agotado, apoyado sobre ella, me doy cuenta. Esta aquí, esta allí. De dónde vengo y a dónde voy. Nunca paré de buscar porque nunca quise encontrar nada. Averiguar todo lo que esté en mis manos y nunca detenerme para que cuando muera, la tierra trague mi historia, guarde mis recuerdos y me devuelva a las estrellas. Me levanto.

 “Venimos de polvo de estrellas, polvo de estrellas somos y en polvo de estrellas nos convertiremos”

Por todo esto y por más, he estado caminando con la compañía de todos vosotros y de un amigo que cosido a mis pies, desaparece cuando oscurece. Once, doce, trece...


jueves, 22 de diciembre de 2011

Solo gotas en el mar


"Qué palabras pueden expresar de forma más fiel sentimientos tan abstractos cuando las palabras, miles y miles que solo nos ayudan a apaciguar nuestras mentes curiosas, son insuficientes para todo aquel que alguna vez se haya maravillado con
el mar".
Caminar por la playa y dejar que la arena acaricie tus pies, que la salada orilla se enamore de tus dedos, que la brisa del mar te hable en una lengua que no se debe conocer. Cruzar kilómetros de arena y agua unidas por un límite variable e inquieto, mirar al horizonte azul, ser consciente de la inmensidad del océano, girar la visión y seguir adelante. Llegar a tu destino, donde el mar descarga su energía con la tierra. La arena negra azabache, las rocas pulidas y redondeadas, la espuma salpicándote las rodillas. Dejarlo todo atrás y meter tus pies en el agua, cruzar una barrera invisible y entrar en tu propio mundo, un mundo en el que solo estas tú y el mar. Con la tabla bajo tu brazo, avanzando sin parar, el agua fría que te hace estremecer desde los talones hasta el cuello, las olas golpeándote, poniéndote a prueba. Subes a tu tabla y comienzas a remar sin detenerte, con tu ritmo constante y desenfadado, y a adentrarte donde se conciben las primeras olas que puedes remar.
Miras a tú alrededor y el agua lo abarca todo, hasta que tu mirada se posa durante un instante en la orilla, donde se encuentran esperándote las penurias y alegrías de la vida, donde están las preocupaciones y responsabilidades. Y te encuentras sumergido en tu propia mente, entrelazando pensamientos en los que hasta entonces no habías reflexionado; te despojas de tu ropa, tu trabajo, tus estudios, tu dinero. Te das cuenta que a apenas 100 metros de la playa nada de eso importa. Solo importa la siguiente ola, el dejarte llevar por su fuerza, usarla a tu favor y disfrutar de algo único, de una sensación de paz. Esa sensación de paz con todo lo que te rodea. Ver pasar las horas en el agua, a veces rápidas y otras lentas y salir cuando el sol está huyendo hacia el horizonte mientras lo persiguen las nubes rojas. El agua antes azul ahora se torna oscura y misteriosa.
Cada vez que me dispongo a entrar al agua , es como si estuviese más lejos del mundo a cada brazada que doy, como si cada ola en la que me sumerjo arrastrase un poco del peso del mundo que cargo sobre mis hombros, como si me arrancase del alma las preocupaciones que merman mi carácter, cuando estoy en el agua soy yo mismo al máximo, solo yo, únicamente acompañado por el mar, hablándonos el uno al otro en un silencio ensordecedor, sintiendo bajo mis pies toda la vida que ocurre y fluye impávidamente a pesar de mi presencia. Ser consciente de que solo soy un punto del mapa, a merced de la naturaleza.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

¿Por qué los Kamikazes llevan casco?

Reflexionando en una isla perdida, uno de tantos días en los que te pierdes en tu propia mente, te pasan miles de cosas por la cabeza...
¿Nunca habéis sentido la necesidad inminente de dejarlo todo y marchar? Sin un destino fijo, simplemente imaginar cómo sería la vida dejándote llevar de un lado a otro, sin más preocupaciones que la de llenarte los pulmones de oxígeno.
Es lo que yo siento cada vez que me da por pensar. Siento la necesidad de hacer las maletas y escapar al primer destino que aparezca en mi pantalla. Que todas mis pertenencias quepan en un equipaje de mano. Descubrir cada día un paisaje distinto, nuevas personas y culturas...
Supongo que cada cual sigue respirando por una razón, la mía es esa, la esperanza de ahorrar el valor suficiente para iniciar el vuelo, y que ya nadie sea capaz de cortarme las alas.
Ahora pregunto, ¿cuál es la tuya? ¿Nunca te ha pasado por la mente saltar al vacío?, ¿dejarte llevar por el viento como la hoja de un árbol sin miedo a caer en algún charco?
Si la respuesta es sí, posiblemente sabrás a qué me refiero con esto, ¿por qué los kamikazes llevan casco? Sencillo. Por más que queramos dar el salto siempre nos aferraremos a ese resquicio de nuestro pasado que nos atrae y no nos deja levantar el vuelo.
Ese casco puede ser una persona, un lugar o simplemente la comodidad de seguir sentado en un sillón. Te aferras a él en un ingenuo convencimiento de que va a ser de él de quien dependa tu destino, sin querer ver que en realidad te está parasitando, cortándote las alas...



Aún mantengo la ilusión de tirar mi casco y afrontar la vida tal y como es, observar todo lo que me rodea sin esa visión sesgada y prejuiciosa que tantas puertas cierra. Eso es lo que a mí me mantiene con ganas de vivir, quitarme el casco y derribar a un gigante.