Dejándome
llevar por curvas, bordeando huertas, podía distinguir mangos, papayos,
plataneras, incluso algún que otro nisperero. Me recordaba a mi infancia, a lugares de los
que guardo instantáneas en mi memoria. Lugares de los que me hubiera gustado
disfrutar un poco más.
Dejando
atrás una casa de piedra con las tejas inundadas de veroles y tomando el primer
cruce hacia la derecha, me dirigí hacia parcelas de cultivo rodeadas por altos
muros grises. La visión no parecía muy idílica, pero aun así en el aire se
respiraba la tranquilidad de lo natural, lo incorrupto. En el cielo se veían
grandes aves negras de estridentes chillidos. Eran grajas, una especie única que
solo existe en La Palma.
Continué
hasta llegar al final del camino, que no era más que un imponente acantilado
que caía en picado al mar. Bajé del coche y me asomé. Fue ahí cuando comprendí
que ya había encontrado mi espacio. Ese espacio en el que te sientes a gusto
con tu soledad. Donde puedes pasarte las horas sentado mirando al horizonte sin
que un solo pensamiento roce tu mente.
El
espectacular acantilado terminaba en una inmensa playa de arena negra. A pesar
de su longitud, era bastante estrecha, por lo que supuse que no debería ser muy
concurrida, y estaba en lo cierto. Un estrecho camino bajaba serpenteando
pegado a la pared protegido por toscas vallas de madera.
No sé
cuantos escalones bajé, pero cuando llegue a aquel paraíso solo me dieron ganas
de tirarme a la arena un buen rato. Será por el cansancio o simplemente
la falta de costumbre de ver tanto sedimento en esta isla de piedra, pero me
pasé más de media hora examinándola, mirándola de cerca, pasándola entre mis
dedos…
A mi
alrededor el espectáculo era imponente. Por un lado el mar embravecido que
amenazaba con anegar la playa, y por el otro el altísimo acantilado del que de aquí
y allá surgían hilos de agua que rápidamente desaparecían en la oscuridad de la
arena.
Comencé
a andar, admirando un paisaje que nunca imagine encontrar en esta isla. Las
cañas llegaban casi a tocar el mar, y a los lados de los arroyos que formaba el
agua dulce que salía de la roca se podían distinguir blancas calas, de esas que
solo ves en lugares muy húmedos.
Ahí me
pase las horas, sin música, sin móvil, sin libros… Solo con la mente enterrada
en la arena negra de esta playa que se grabará en el recuerdo como aquellos
nispereros de mi infancia.