lunes, 26 de marzo de 2012

Conozco una playa


Dejándome llevar por curvas, bordeando huertas, podía distinguir mangos, papayos, plataneras, incluso algún que otro nisperero.  Me recordaba a mi infancia, a lugares de los que guardo instantáneas en mi memoria. Lugares de los que me hubiera gustado disfrutar un poco más.

Dejando atrás una casa de piedra con las tejas inundadas de veroles y tomando el primer cruce hacia la derecha, me dirigí hacia parcelas de cultivo rodeadas por altos muros grises. La visión no parecía muy idílica, pero aun así en el aire se respiraba la tranquilidad de lo natural, lo incorrupto. En el cielo se veían grandes aves negras de estridentes chillidos. Eran grajas, una especie única que solo existe en La Palma.

Continué hasta llegar al final del camino, que no era más que un imponente acantilado que caía en picado al mar. Bajé del coche y me asomé. Fue ahí cuando comprendí que ya había encontrado mi espacio. Ese espacio en el que te sientes a gusto con tu soledad. Donde puedes pasarte las horas sentado mirando al horizonte sin que un solo pensamiento roce tu mente.


El espectacular acantilado terminaba en una inmensa playa de arena negra. A pesar de su longitud, era bastante estrecha, por lo que supuse que no debería ser muy concurrida, y estaba en lo cierto. Un estrecho camino bajaba serpenteando pegado a la pared protegido por toscas vallas de madera.


No sé cuantos escalones bajé, pero cuando llegue a aquel paraíso solo me dieron ganas de tirarme a la arena un buen rato. Será por el cansancio o simplemente la falta de costumbre de ver tanto sedimento en esta isla de piedra, pero me pasé más de media hora examinándola, mirándola de cerca, pasándola entre mis dedos…

A mi alrededor el espectáculo era imponente. Por un lado el mar embravecido que amenazaba con anegar la playa, y por el otro el altísimo acantilado del que de aquí y allá surgían hilos de agua que rápidamente desaparecían en la oscuridad de la arena.


Comencé a andar, admirando un paisaje que nunca imagine encontrar en esta isla. Las cañas llegaban casi a tocar el mar, y a los lados de los arroyos que formaba el agua dulce que salía de la roca se podían distinguir blancas calas, de esas que solo ves en lugares muy húmedos.


Ahí me pase las horas, sin música, sin móvil, sin libros… Solo con la mente enterrada en la arena negra de esta playa que se grabará en el recuerdo como aquellos nispereros de mi infancia.